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lunes, febrero 17, 2014

Seis días





Seis días. Un año más. Y ahora, un hombre de 28 años que sigue siendo igual de adorable que cuándo lo conocí.
Son seis días, a partir del inicio de Febrero, hasta el día de su cumpleaños. 
El día afortunado cuándo Jung YunHo el 6 de Febrero de 1986 llegó al mundo.
Conmemorando una fecha tan importante, tan tierna y significativa para todas las personas que lo apreciamos, hice un pequeño escrito por cada día, cada uno inspirado en él.
Un poema mal hecho, un universo alterno dónde no nos conocemos, espero que sean capaces de disfrutarlos todos.

Primer día
Segundo día
Tercer día
Cuarto día
Quinto día
Sexto día



jueves, febrero 06, 2014

Sexto día

En un mundo dónde tú no eres tú, yo no te amaría. En un mundo dónde tú fueras sólo una persona más, alguien común que brilla sólo para quién lo ama y nada más, no serías importante para mí.

Porque yo te he conocido gracias a que eres alguien que vive bajo luces, y es amado por muchos. Si no fuera así, yo no estaría escribiendo esto pensando en ti, yo no conocería tu nombre, ni tu cara, el timbre tierno de tu voz, la forma de tus manos, la curva de tus labios...yo no conocería nada.

¿Por qué entonces, siendo tan fácil, tan débil el hilo de sucesos que me permitió conocerte, tuve que vivir en un mundo dónde tú existías, siendo alguien que conocen muchos?

No sé la razón, pero no creo que sea casualidad.

Incluso cuándo a veces, mi amor por ti se siente tan inútil, algo tan grande que ocupa tanto espacio dentro de mí, y con el cuál no tengo mucho que hacer...no quiero que desaparezca.

Poco a poco, con cosas pequeñas, con gestos, comenzando con conocer tu nombre, tu apellido, reconociendo tu voz en canciones pasando con tropiezos grandes y desconociendo poco a poco menos cosas de ti. Entonces caí, caí y volví a caer. Más profundo, más fuerte, dentro de un recoveco tibio, cálido, grande y tan apacible que jamás he pensado en escapar.

A veces te siento cerca, y otras veces lejos.

He tenido que dejarte varias veces, para ocuparme de mí, porque a veces siento que gasto mucho de mí, ocupándome de ti. Pero está bien.

Eres 10 años mayor que yo, tienes una vida, y yo sólo quiero forjar la mía mientras regalo de vez en vez un vistazo a la ventana de tu vida, de tu paso por la vida, ordenado, amado y tan envidiable.

Una vez alguien dijo —no a mí, no—, que es difícil distinguir entre si la razón por la que te gusta una persona es porque simplemente te gusta, o porque la envidias y quieres ser cómo ella.

En mi caso, a mi me gustas de las dos formas, YunHo.

Me gustas, y me gustas tanto, que me gustaría llegar a ser alguien cómo tú.

Te tengo envidia, porque pareces tan brillante, pero al mismo tiempo eres humilde y haces saber a cualquiera que todo lo que has hecho ha sido creado con esfuerzo, sudor y sacrificios.

Pero falla tu sonrisa, YunHo.

Tu sonrisa hace pensar que no has vivido nunca un momento difícil.

Tu boca es tan tierna y dulce, pero es capaz de decir cosas inteligentes, de fuerte contexto.

Ah. Realmente te envidio. Y me gustas mucho también, aunque ahora que analizo uno a uno mis sentimientos, me pregunto; ¿me gustas más de lo que te envidio, o es al revés?

Quinto día

De los labios se me deslizan las pocas palabras que hay que decir cuándo te encuentras a quién has amado durante mucho tiempo.

He conocido la sonrisa, y las lágrimas.


Dentro de las palmas, el agua de lluvia se retuerce, ingenua, recién nacida.


Nunca he querido reprimir mis sentimientos, pero tampoco he tenido muchas oportunidades para exponerlos.


Con la brisa, que me pega en la cara y hace arrugas en mi frente, llegas tú.


Caminando sin problema, sonriente, con los pies apenas tocando el piso, de una forma que jamás antes había visto.


Antes de que las palabras se me junten, antes de que, traviesas, encuentren su respectivo lugar para ser dichas. Me sobrepasas.


Ni siquiera me miras, no me notas, y yo, incapaz de decir nada, sólo te miro mientras te alejas.


Junto con el viento te vas, él parece adorarte; te sigue a todas partes.


Los parpados me pesan, las pestañas tiemblan, impotentes. El abrir y cerrar de ojos se hace lento, taciturno.


He perdido mi oportunidad querido mío, la he perdido.


Pero aún así, hay alguien que esta feliz.


¿Quién?, dirás. ¿Puede haber alguien que de verdad se sienta feliz con tan efímero momento, con tan fugaz intercepción?


Si. Lo siento aquí, en mi pecho.


Se emociona, tiembla y grita "oh por dios" cómo un loco. A él le encantas, y le ha bastado algo tan pequeño para sentirse así de feliz.


Es un chiquillo sensible que se da bien servido por casi cualquier cosa.


Es él, YunHo.


Mi corazón. A quién has dejado satisfecho.


Es él.

martes, febrero 04, 2014

Cuarto día

Ella escribe apenas tres palabras, con su bolígrafo amarillo de punto fino. En el extremo contrario a la punta, la tapadera del lapicero yace a presión, bien resguardada, para cuándo ella termine de escribir y quiera tapar el instrumento, siempre ordenado.

Suspira y las ideas, a modo de carrera alocada, buscan acomodarse en su cabeza para al fin, plasmarse en el papel. Pero no lo logran. Hacen que ella grite y se lleve ambas manos a la cabeza, en pos de rogar orden, para poder continuar.

Pero las ideas se rehúsan y ella, rendida —al menos por el momento—, se levanta de la silla, va a la cocina y sirve en una taza una ración dulce de café frío.

Afuera la noche susurra sonidos de pequeños animales en acción, y el viento parece no existir.

La historia sigue en su cabeza, pero aún carece de orden.

Se acaba el café y se sirve otro.

Era cuestión de esperar.
















El caso era relativamente sencillo, y todo el mundo sabía —cómo en muchos casos—, cuál sería el veredicto final. Pero aún así, aunque ya todo se hubiera dicho, aunque el acusado no tuviera ninguna esperanza, aunque el mismo abogado sabía que no había nada que pudiera hacer, a pesar de todo eso, las citas, las reuniones y el juicio tendrían que hacerse.

Amaba su trabajo, pero ese tipo de formales asuntos innecesarios eran realmente cansinos.

Se acarició las sienes y con un movimiento rápido, puso en marcha la cafetera, siempre cerca de sus dedos.

La maquina trabajó afanosa, y la taza se mostró llena de café negro, caliente.

Tomó la oreja de la taza oscura y puso los labios contra una de las orillas.
















Fue entonces que se dio cuenta de que le faltaba algo.






El café estaba frío, y las ideas se estaban ordenando, ¿que podría ser?



El café estaba caliente, y el caso listo en su cabeza, ¿que podría ser?




Ella abrió la ventana y miró hacia afuera, hacia el cielo.



Él atravesó el cuarto, llegó al balcón y abrió la puerta. Miró al cielo.





La W se mostró, cómo pocas noches tan visible e imposible de confundir.




Ella la vio.

Él la vio.




Ambos lo hicieron.





Y entonces, cómo un chiste mal contado, cómo una historia de amor con un final infeliz, ambos cerraron ventana y puerta, e ignoraron los sentimientos que no sentían porque no estaban allí, pero que creían necesitar.



—Si que hay estrellas.



—Hay muchas estrellas esta noche.




Ignoraron ese repiqueteo absurdo de un corazón que había vivido experiencias relacionadas con música, amor, amistad y una W terca, que se negaba a ser ignorada incluso en un mundo alterno.

Pero no esta vez. No, no está vez.

lunes, febrero 03, 2014

Tercer día

—¿Cuál es el título?

—No lo sé. Sólo recuerdo que tenía una imagen relacionada al fuego, y era la continuación de otra novela con portada verde, de unos ojos color azul y una espada.

La chica se quedó confusa, sin saber que hacer. Había visto miles y miles de portadas, ¿cómo recordar con precisión una en especial?

—Maxalime—la llamó su jefa—¿por qué no vas a la otra sucursal a buscar libros con portadas parecidas?

Aquella "sugerencia" tan amable, era en realidad una orden, disfraza de modo inteligente para sonar dulce frente a los clientes. Rie, maldiciendo mentalmente a su jefa, sonrió a la clienta y salió de la línea de dependientes, entonces salió de la tienda y a paso rápido, marcó su camino hacia la otra sucursal.

Cuándo llegó y abrió la puerta, esta hizo un sonido simpático, la encargada iba a voltear, sonriente y decir "bienvenido", hasta que notó que se trataba sólo de su compañera de trabajo, entonces sus muecas amables desaparecieron y su piel se arrugó en disgusto.

—AH. Eres tú.

—Si, gusto en verte. ¿No tendrás algún libro con portada que haga referencia al fuego y sea el volumen dos de alguna otra novela de nombre noséqué?

—Déjame hacer magia—dijo la mujer, y se volvió, dándose un clavado a los libros que tenía en los estantes.

Maxalime vagó por su cuenta en la tienda, había libros muy buenos que quería comprar, pero estaban lejos del alcance de su cartera. Lanzó un suspiro, pero alguien más le ganó. Por dos segundos. Ella volteó, y encontró a un hombre alto, de lentes oscuros, husmeando precios cómo ella misma siempre lo hacía.

—Son caros, pero valen la pena—dijo ella, sin pensarlo mucho.

El chico, sorprendido, miró en su dirección y sonrió. No dijo nada en respuesta.

—Aquí están—anunció Yukumi, dejando caer anchos volumenes, todos de portada roja, refente al fuego—no sé cuál sea el que el cliente busca y no me importa. Eso ya te toca a ti.


—Si—farfulló ella, tomando uno a uno los tomos y acomodándolos sobre sus brazos.

Antes de que terminara, el chico, el único cliente, se acercó.

—Quiero este libro, por favor.

Rie vio entonces la portada de uno de sus libros favoritos. Uno de Jonh Katzenbach.

—Ese está genial. Te encantará.

El chico, con expresión confundida, respondió:

—Lo sé. Ya lo leí.

Rie sonrió.

—Más que mejor. Está genial, ¿verdad?

Él asintió, y no volvió a decir nada.

—Ya me voy, entonces.

Yukumi asintió, pasando el libro de Jonh por el rayo lector de códigos de barras.

Rie abrió la puerta y siguió su camino.










Los libros pesaban contra su brazos débiles, lanzó un quejido y los empujó hacia arriba.

Al dar la vuelta en una esquina, sus ojos parecieron brillar. Un chico de porte alto, vestido casualmente, llevaba una bolsa de plástico color verde, de dónde se podían apreciar fresas frescas con buena apariencia. Rie apenas pudo mirarlo un poco, a pesar de querer hacerlo cuanto pudiera, pero el chico resultaba demasiado hermoso y le provocaba pena.

Pasaron uno al lado del otro, los ojos del chico no se detuvieron en ella, cruzaron caminos y siguieron su rumbo. Rie volteó levemente y logró verlo antes de que él desapareciera, dando vuelta a la esquina, por dónde ella había venido.










—¡Ya llegué!

—Sé que eres lenta, pero siempre estás superándote—la regañó disimuladamente Yas, su jefa—la clienta ya se ha ido.

—¡¿Eh?!

—Sigo aquí—interrumpió la chica, regresando la paz a Rie, quién sólo quería poner las manos alrededor del cuello de su jefa y apretar con suavidad.

—Era broma—anunció Yas, simplemente, con sonrisa malévola en los labios, cómo siempre.

—¡Ah!—gimió Rie, volcando los volúmenes de fuego sobre el mostrador—aquí están.

La clienta se inclinó sobre los libros, dando un vistazo pequeño a cada uno, volvió a una posición erguida y movió la cabeza, en una seña negativa.

—No. No es ninguno de estos.

Ahora era a la clienta a quién quería acariciar suavemente por el cuello...

—Disculpen—llamó una voz masculina—estaba buscando un libro en la otra sucursal, pero no estaba allí, entonces me dijeron que viniera.

Las tres mujeres se sobresaltaron, tomadas por sorpresa.

El chico que Rie había visto en la otra sucursal llevaba una bolsa con el logotipo de la librería, dentro, el libro de Jonh adquirido recientemente, esperaba. Envuelto en su empaque justo de plástico.

—Si. ¿Qué libro buscaba?—preguntó Yas, y Rie notó el tono dulce y casi coqueto de su voz.

El chico miró hacía abajo, hacía los libros traídos por Rie para la otra clienta.

—Oh—exclamó, cogiendo uno—es este.

Fire, de Kristin Cashore.

—Wow, ¿vas a leer ese?, yo también lo estaba buscando.

Tanto Rie cómo Yas alzaron las cejas, el chico asintió amablemente, se acercó a pagar el libro, pero en lugar de efectivo sacó una tarjeta de crédito y una identificación.

—Acepta tarjeta de crédito, ¿verdad?

Rie iba a responder pero su jefa se le adelantó.

—Así es—y recibió ambas tarjetas, tecleó algo con rapidez y confirmó—¿señor Shim ChangMin?

—Si.

Pronto el pago estuvo hecho y el chico salió de la librería, con una bolsa más colgando de los dedos de la mano derecha.

—Era tan guapo—farfulló la clienta, quién aún no había adquirido nada.

—Cómo sea, ¿no vas a comprar nada?—cuestionó Rie, quién recibió una mirada amenazante de su jefa, pero cómo estaba tan acostumbrada, no le importó.

—Olvide lo que quería comprar—comunicó a su vez la chica—¿tienes sistema de apartado?

—Si. Rie, atiende a la señorita por favor.

"Eso me hubieras dicho con el chico guapo", se quejó mentalmente ella, se pasó del lado interior del mostrador y habló a la chica:

—¿Qué libro y a que nombre quieres que lo guarde?

Fire. El mismo que se llevó el chico. Mi nombre es Carol.

Rie anotó y la chica salió con prontitud, cuándo la tienda estuvo vacía de clientes, el teléfono sonó, Rie contestó y el grito de una voz conocida sonó, torturando sus oídos.

—¡He visto a un chico guapísimo!

—Bien, lo entiendo. Pero no hay necesidad de gritarme en el oído, Yukumi.

—Era tan hermoso, tenía los ojos pequeños, rasgados y tan dulces, ¡aah!

—También vimos a un chico guapo, pero él tenía los ojos grandes, risueños.

—¡Ah!, yo también vi a un chico así, el mismo que estaba cuándo viniste.

—Era el mismo.

—¡Entonces yo vi dos chicos guapos hoy y tú sólo uno!—clamó, victoriosa.

Rie iba a quejarse, pedir piedad y rogar porqué su amiga y compañera de trabajo no fuera tan cruel, pero entonces recordó.

—Oye—llamóel chico guapo que viste, el de los ojos rasgados...¿llevaba una bolsa de fresas?

El quejido pequeño, inconforme a través de la línea, le confirmó todo.

Segundo día

Hola.

Sé que no me conoces, y eso está bien.

Sólo quería decir gracias.

Tal vez suene tonto, porque puedes pensar que no has hecho nada por mí...pero yo creo que sí.

Viviendo en un mundo cómo este, dónde ya nadie pone en duda las cosas malas, y desconfía de las cosas buenas. Dónde muchos tienen personas a las que llaman amigos, pero temerosos, no tienen el valor de confiar realmente en ellos. Dónde las personas que deberían proteger, destruyen, manipulan y dañan.

En un mundo cómo este, en un mundo tan podrido cómo este.

Tú eres un faro de luz que destella, luminoso, grande, amable, tierno.

Por eso gracias.

Por brillar, porque es gracias a tu brillo que soy capaz de ver a través de la oscuridad, porque a pesar de que tu brillo es lejano, me hace sentir cálida, eres un claro de sol dentro de un bosque oscuro.

Gracias a ti, recuerdo que este mundo tiene también cosas muy bellas. Gracias a ti, mi esperanza sale herida, sangrando y cojeando, llena de dolor, pero nunca muere.

Gracias a ti, mi estancia en este mundo es más fácil, más placentera.

Eres un humano cómo yo, has tenido momentos difíciles, pero es tu éxito el que representa para mí un aliento. Sobrepasaste los momentos duros, y saliste victorioso con una sonrisa, por eso, yo también puedo hacerlo, tengo que hacerlo.

Me siento afortunada de que mi paseo por el mundo sea al mismo tiempo que el tuyo, me siento contenta por, de entre todas las épocas, haber nacido en una dónde he sido capaz de conocerte. 

Por eso gracias. Por vivir cómo vives, pensar cómo piensas, actuar cómo actúas, sonreír cómo sonríes

Gracias por ser tú.

E incluso, gracias por nacer el día que naciste.










—YunHoYunHo alzó la cara, con el papel entre los dedos.—¿Qué es eso?

—Una carta.

—Todavía no es San Valentín—dijo ChangMin, con una sonrisa—y, ¿ya se te están declarando?, si que eres popular.

YunHo negó con la cabeza, con lentitud.

—No es una carta de amor...—comenzó, pero se detuvo. No. Si lo era. Era una carta de amor, pero...

—¿Eh?—se extrañó Shim—si no es una carta de amor, ¿entonces de qué es?, ¿de odio?—lo último lo dijo con un tono levemente preocupado. Ahora que miraba a YunHo con detenimiento, este estaba quieto en su lugar, sin mostrar ninguna emoción en su rostro.

—No—aclaró Jung, bajó el rostro y acarició el papel lleno de tinta negra—no. Es una carta de agradecimiento—su sonrisa se mostró, acaparando toda atención cómo siempre.

ChangMin hizo un sonido nasal, con toda preocupación ya lejos de sí.

—Como sea, vayámonos ya. Nos están esperando.

—Si.

YunHo llegó a la vagoneta con sólo tres largos pasos, dobló la carta y la metió en su bolsillo, con un sentimiento duro en su pecho, atenazando fuerte su corazón, buscando formar parte de su alma.

Quién diría tal vez, quién sabe, quizá ese sentimiento era el pesar de significar tanto para muchas personas a las que ni siquiera conocía, pero que le querían por todo lo que era, y no era.

sábado, febrero 01, 2014

Primer día

De un charco de agua, sobre la virgen tierra fértil, emergió un hombre.

Un hombre cómo cualquiera, cómo cualquier otro hombre.

Pero al mismo tiempo, diferente.

Las piernas fueron largas y fuertes, los muslos, llenos de rebosantes, orgullosos músculos, sostenían competentes todo lo que el hombre era.

El dorso era delgado, estilizado, las caderas y la cintura eran casi femeninas, pero hermosas.

De entre el boscoso paraje que era su cabello negro, en el rostro, el puente de una nariz fina se presentó. Siendo la principal en el marco de toda la cara.

La boca tierna, siempre amable, con dos labios bellos cómo diferentes.

Sobre los labios, un círculo bondadoso va y viene, oscuro, entusiasta. Que puede ser ignorado y adorado al mismo tiempo.

Los ojos son pequeños, ranuras oscuras que brillan, que lloran, que expresan lo que el hombre siente. Al hombre no le gustan sus ojos, no sé porqué. Los ojos tienen, cada uno, una cortina de pestañas largas, caídas, cómo la lluvia que choca cándida contra el toldo de una pequeña tienda en la gran ciudad.

El hombre tiene también un corazón. Uno de los más grandes que he visto, no será el mejor, no, imposible. Pero es un corazón bondadoso, que palpita alegremente, que disfruta de su entorno, que es cariñoso cómo su portador pero lleno de fuertes sentimientos.

Ese hombre...yo no he visto a ese hombre.

¿Cómo sé entonces, cómo es?

No lo sé. Podría estar confiando demasiado pero, de alguna forma, sé que él es quién pienso que es.

El hombre humilde nacido a partir de la tierra, con sentimientos tallados a mano, con boca tierna, y ojos amables.

Yo realmente creo en ese hombre.

Me estaré equivocando, si, tal vez, pero aunque quiera, no hay nada en este mundo que me haga cambiar de opinión. No con él.

No respecto a él.